Diálogo imaginario basado en la película "La última sesión de Freud" a la que se suma un tercer invitado: el Dr. David Hawkins, explorador de los estados de conciencia.

«La última sesión de Freud» y algo más

«La última sesión de Freud» (2023) es un drama que imagina un encuentro entre Sigmund Freud y el escritor C.S. Lewis en septiembre de 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

La película, protagonizada por Anthony Hopkins como Freud y Matthew Goode como Lewis, presenta una conversación intensa sobre el amor, la familia y la existencia de Dios; el encuentro ocurre tres semanas antes de la muerte de Freud, cuando el psicoanalista, ya refugiado en Londres tras escapar del régimen nazi, invita al icónico autor a debatir sobre la existencia de Dios.

La trama explora además la relación única de Freud con su hija Anna y el romance poco convencional de Lewis con la madre de su mejor amigo, entrelazando pasado, presente y fantasía.

Es importante mencionar que hoy se sabe que esta reunión no existió en realidad – es una ficción basada en una obra de teatro de Mark St. Germain. La película recibió críticas mixtas, con una aprobación del 44% en Rotten Tomatoes; a mi me gustó mucho y me animo a recomendártela, la puedes ver en Amazon Prime Video.

Sin embargo, me quedé con ganas de más y me permití recrear un diálogo con un tercer invitado; David Hawkins. Si no lo conoces, este psiquiatra ha revolucionado la teoría de la conciencia y ha sido muy prolífico en su obra; puedes comenzar con el clásico El poder frente a la fuerza y no pararás hasta completar todos sus libros.

Diálogo imaginario entre Freud, Lewis y Hawkins

La escena transcurre en Londres, 1939, en el estudio de Freud.

Freud (encendiendo un cigarro, mirando a Lewis): Entonces insiste usted, profesor Lewis, en que un Dios benevolente observa todo este sufrimiento humano. ¿Dónde estaba su Dios cuando los nazis marchaban por Viena?

Lewis: Sigmund, el sufrimiento no es evidencia de la ausencia de Dios, sino de nuestra libertad. Un mundo sin dolor sería un mundo sin elección, sin amor genuino; Dios no es un titiritero.

Freud (con ironía): ¡Qué conveniente! Dios existe, pero permite el mal. La religión es simplemente la neurosis universal de la humanidad, una ilusión reconfortante ante nuestra insignificancia cósmica.

(Suena el timbre. Anna introduce a un visitante inesperado.)

Anna: Padre, ha llegado el doctor David Hawkins desde América. Dice que tiene algo importante que compartir.

Hawkins (entrando con calma, irradiando serenidad): Dr. Freud, profesor Lewis, es un honor. He viajado mucho para estar aquí en este momento preciso.

Freud: ¿Y qué trae un médico americano a mi modesto exilio?

Hawkins: Una perspectiva diferente sobre lo que ambos debaten. Verán, ustedes discuten sobre Dios como si fuera un concepto externo, algo que existe o no existe «allá afuera». Pero ¿y si Dios es la conciencia misma? ¿El campo de consciencia del cual todos emergemos?

Lewis (intrigado): Continúe, doctor.

Hawkins: He investigado los niveles de conciencia humana durante años. Descubrí que hay una escala calibrable, desde la vergüenza y la culpa en los niveles más bajos, hasta el amor incondicional y la iluminación en los más altos. Cuando la humanidad trasciende el ego y alcanza niveles superiores de conciencia, experimenta directamente lo divino.

Freud: ¿Calibrable? ¿Está usted sugiriendo que puede medir algo tan abstracto como la «espiritualidad»?

Hawkins: No solo sugerirlo, Dr. Freud. He desarrollado métodos para demostrarlo, pero aquí está lo fascinante: sus descubrimientos sobre el inconsciente fueron brillantes; identificó correctamente el ego, los mecanismos de defensa, las proyecciones. Sin embargo, podría haber continuado más allá, hacia una visión más completa de la conciencia.

Freud: ¿Visión más completa de la conciencia?

Hawkins: Sí. Concluyó que todo es reducible al ego, al instinto, a la sexualidad y la muerte. Pero el ego no es todo lo que somos, es simplemente un nivel de conciencia, uno bastante bajo en la escala; por encima existe el amor genuino, la razón pura, la alegría, la paz… y finalmente, la iluminación.

Lewis (sonriendo): Está diciendo que la gracia de Dios es una elevación de conciencia.

Hawkins: Exactamente, profesor Lewis. Pero también le diría que su teología cristiana, aunque hermosa, es aún una estructura mental: Dios no es una creencia o una doctrina, sino un estado de ser que trasciende todas las creencias.

Freud (algo irritado): Esto suena a misticismo oriental disfrazado de ciencia.

Hawkins: ¿Y por qué no ambos? Dr. Freud, usted liberó a la humanidad de la represión victoriana. Demostró que debemos mirar honestamente nuestras sombras. Pero la sombra no es todo. También hay luz.

Lewis: David —¿puedo llamarte David?— aprecio tu intento de síntesis, pero el cristianismo no es solo «un nivel de conciencia», es la verdad histórica de un Dios que se hizo hombre, que sufrió y murió por amor.

Hawkins: Y te pregunto, C.S.: cuando experimentas verdaderamente ese amor que describes, cuando te pierdes en la oración contemplativa, ¿no trasciende todas las palabras, todos los conceptos? ¿No es eso precisamente la conciencia de Dios más allá del pensamiento?

Lewis (pausando, reflexivo): Touché. En mis momentos de mayor devoción, efectivamente…

Freud (interrumpiendo): Están ustedes dos jugando con palabras. «Conciencia superior», «amor divino»… todo esto sigue sin explicar el cáncer que devora mi mandíbula, las tropas que marchan hacia la guerra, el dolor de un niño muriendo.

Hawkins: Porque estás calibrando desde el nivel del sufrimiento, Sigmund. Desde ahí, todo parece oscuro. Pero si elevaras tu perspectiva —no niego tu dolor, es real— verías que el sufrimiento cataliza la evolución de la conciencia; no es que Dios «permita» el mal, es que la totalidad incluye todas las experiencias como oportunidades para despertar.

Freud: ¿Me está diciendo que debo agradecer mi cáncer?

Hawkins: No. Te estoy diciendo que puedes trascenderlo. La pregunta no es «¿por qué a mí?» sino «¿quién es el que sufre?» El ego sufre. La conciencia pura simplemente observa, acepta, y en esa aceptación encuentra paz.

Lewis: Eso suena peligrosamente cercano al estoicismo o al budismo.

Hawkins: Cristo dijo «el Reino de Dios está dentro de vosotros». Buda dijo «sé una luz para ti mismo». Todos los grandes maestros apuntan a la misma verdad: debes ir más allá de la mente pensante para experimentar lo divino directamente.

Freud (cansado pero curioso): ¿Y usted ha tenido estas… experiencias?

Hawkins: Sí. En 1965, experimenté un estado de conciencia expandida que duró meses. No fue emocional ni intelectual. Fue un saber directo, más allá de toda duda. Todo estaba conectado, todo era perfecto tal como es, todo era amor. Desde entonces, he dedicado mi vida a mapear cómo otros pueden acceder a esos estados.

Lewis: Pero sin Cristo, David, temo que lo que describes sea solo experiencia subjetiva, no verdad objetiva.

Hawkins: ¿Y si la experiencia subjetiva directa ES la verdad objetiva más alta? Clive, has escrito brillantemente sobre la alegría repentina, el «sehnsucht», ese anhelo inexplicable. Eso es tu conciencia reconociendo su verdadero hogar. No necesitas las Escrituras para validarlo, aunque las Escrituras lo confirmen.

Freud (suspirando): Están ambos desesperadamente apegados a algo más grande. Yo prefiero la honestidad brutal: somos animales inteligentes, conscientes de nuestra mortalidad, inventando historias para dormir mejor por las noches.

Hawkins: Y esa, Sigmund, es una historia que has inventado para darle sentido a TU experiencia, no es más «verdadera» que cualquier otra; es simplemente de bajo nivel en la escala de conciencia: apatía y desesperanza calibran alrededor de 50, un nivel muy bajo. El coraje, que necesitarías para explorar más allá de tus conclusiones, calibra en 200, cuando el nivel de percepción de la verdad comienza a ser constructivo.

Freud (con una sonrisa leve): ¿Me está usted desafiando, doctor Hawkins?

Hawkins: Te estoy invitando. Has explorado las profundidades de la psique humana con valentía extraordinaria. ¿Por qué detenerte antes de explorar sus alturas?

Lewis: Debo admitir, esto es fascinante. Aunque discrepo con parte de tu estructura, David, reconozco que describes algo que también he experimentado: momentos en que todas las diferencias doctrinales se disuelven en la presencia pura del Amor mismo.

Hawkins: Exactamente. Y Sigmund, tú también lo has experimentado, aunque no lo llames Dios. Cuando perdiste la noción del tiempo trabajando en «La interpretación de los sueños», cuando algo más grande fluía a través de ti… ¿qué era eso?

Freud (silencio prolongado): Era… no sé. Concentración intensa.

Hawkins: ¿O era tu ego temporalmente suspendido, permitiendo que la conciencia creativa fluyera sin obstáculos? Eso también es gracia, Sigmund; Dios con otro nombre.

Lewis: Entonces, David, ¿dirías que todos los caminos conducen a la misma cima?

Hawkins: Diría que todos los caminos genuinos de elevación de conciencia convergen en los niveles más altos, aunque muchos caminos son circulares, mantienen a la gente girando en los niveles del ego; el verdadero test: ¿te hace más amoroso, más pacífico, más compasivo? Sí, si es verdadero; si, en cambio, fomenta separación, juicio y miedo, es del ego.

Freud: Demasiado simple.

Hawkins: Lo complejo es del ego, la verdad es simple Sigmund.

Lewis: «A menos que os hagáis como niños…»

Hawkins: Precisamente.

(Un largo silencio. El reloj marca las campanadas de medianoche.)

Freud: Es tarde. Anna se preocupará. Pero… doctor Hawkins, si se queda en Londres, quizás podríamos continuar esta conversación.

Hawkins (sonriendo): Estaré aquí todo el tiempo que sea necesario, Sigmund. El tiempo, después de todo, es otra ilusión del ego.

Lewis (riendo): ¡Ahora está usted siendo deliberadamente provocador!

Hawkins: Sólo un poco. La iluminación no tiene por qué ser tan seria.

Pablo de la Iglesia

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