Uno de los grandes errores al juzgar el potencial terapéutico de un hongo medicinal, una planta o un nutriente, es aplicar sobre él, la misma lógica farmacológica que se emplea al evaluar un fármaco de síntesis; este modelo, que ha sido útil en situaciones agudas o sintomáticas, tiende a clasificar las sustancias como «estimulantes» o «inhibidoras», «activadoras» o «supresoras», es decir, como agentes que fuerzan una respuesta puntual, unidireccional y cuantificable.
Sin embargo, los principios activos que conforman un organismo natural, como el maitake, el reishi, el jengibre o la equinácea, por citar unos ejemplos, no actúan así.
Su acción no es estimulante ni supresora, sino reguladora y adaptativa; esto significa que no fuerzan al cuerpo a funcionar de una determinada manera, sino que modulan sus funciones según las necesidades del momento, como si le devolvieran al sistema biológico la capacidad de decidir con mayor inteligencia.
Este tipo de acción, profunda, sistémica y no lineal, respeta lo que en naturopatía se conoce como el principio de individualización bioquímica: la comprensión de que cada organismo es único, con su propio estado funcional, su contexto emocional y su momento vital.
En este sentido, una misma sustancia natural puede:
– Estimular en quien está deprimido metabólicamente.
– Suavizar en quien está sobreexcitado.
– Regular en quien oscila entre desequilibrios.
Este comportamiento no es inconsistencia terapéutica, sino inteligencia biológica; el organismo no es empujado: es escuchado y acompañado.
En términos prácticos podríamos citar el ejemplo de la uña de gato (Uncaria tormentosa) una planta que tiene fuertes propiedades inmunoestimulantes y se contraindica, sin fundamento científico, en enfermedades autoinmunes; sin embargo, de forma simultánea, también tiene una gran potencia antiinflamatoria, lo cual implica una regulación de la inmunidad y beneficios claros en cualquier enfermedad de este tipo.
Este efecto dual no se aprecia en los fármacos y por eso, desde la incomprensión, se advierte sobre el uso de astrágalo, reishi, cordyceps, o sauco en enfermedades autoinmunes. ¡Privando a los enfermos de sustancias potencialmente muy valiosas para el mejor control de la enfermedad!
Lo mismo podría decirse de fármacos que regulan el colesterol pero dañan el hígado, destruyen la coenzima Q10 y aumentan el riesgo cardíaco, lo cual no pasa con el efecto regulador suave y sistémico de plantas medicinales como alcachofa, boldo, cardo mariano, entre otras. O los antibióticos, que pueden combatir una infección mientras destruyen la microbiota predisponiéndonos a la siguiente.
Por eso, al hablar de sustancias naturales, no se los puede reducir a términos como “estimulante inmune” o “supresor del estrés”; su verdadera potencia radica en su capacidad de adaptación contextual, en su diálogo con la complejidad del cuerpo humano. La medicina natural no impone; invita a restaurar el equilibrio.
Quien no comprenda esto, no puede hacerlo con la medicina natural.
Pablo de la Iglesia



